![]() Así, la existencia de este insigne soldado se confunde con la historia de Chile en el pasado siglo. A los nueve años comenzó su carrera militar como cadete. En 1819 era Subteniente del Batallón GUARDIA DE HONOR, creado poco después del triunfo de Maipo y cinco años más tarde, con el grado de Capitán, se embarcó a las órdenes de Freire en el primer intento para desalojar a los españoles que aún hacían flamear su bandera en Chiloé (1824). En enero de 1826 se llevó a efecto la segunda campaña contra Chiloé, que culminó con la toma de la isla, tras una heroica resistencia de las fuerzas de Quintanilla. El Capitán Arteaga mereció, a partir de entonces, la medalla otorgada al "Ejército Libertador de Chiloé" La "guerra a muerte", contra Vicente Benavides y los Pincheira, contó entre sus soldados al Capitán Arteaga y la Revolución de 1829-1830, enterrada en Lircay, le vio combatir entre las fuerzas gobiernistas. Se distinguió por su preparación artillera, obtenida a través de los cursos dictados por el Coronel Santiago Ballarna. Después de la Batalla de Lircay fue ascendido a Teniente Coronel. A los 25 años de edad, Justo Arteaga era Comandante de artillería en la Frontera. En 1838 se le encomendó organizar el Batallón CHILLAN, en la ciudad del mismo nombre, para reforzar al Ejército Restaurador del Perú. Regresó a Concepción por poco tiempo, pues fue nombrado Comandante General de la Artillería en la capital. Sus conocimientos e instrucción le permitieron construir las baterías costeras de Valparaíso, además, ocupar durante tres períodos la representación parlamentaria por el Departamento de San Carlos. Como miembro de la Comisión de Guerra y Marina aportó su saber a los progresos militares del país y presentó una importante moción para reformar la Ordenanza General del Ejército. El 20 de abril de 1851, el Regimiento VALDIVIA, encabezado por el Coronel Urriola, se amotinó en la capital. Era el preludio de la revolución liberal que se estaba gestando en Santiago y Concepción, ciudad que había levantado la candidatura a la presidencia del General José María de la Cruz, en oposición a la de don Manuel Montt. El Coronel Arteaga apoyó el alzamiento a través del ataque del cuartel de Artillería. Sofocado el motín pocas horas más tarde y a fin de no caer en manos del bando vencedor, se dirigió a Cobija. Las noticias acerca de un inminente levantamiento le decidieron a regresar a su Patria. Arribó a La Serena en septiembre. La Junta de Guerra le dio grado de General y le asignó el cargo de Jefe del Ejército de Vanguardia. En Petorca, sus fuerzas fueron derrotadas por las tropas del Gobierno. Regresó a La Serena, donde debió soportar el fuego de artillería de las fuerzas del Coronel Vidaurre, que habían puesto sitio a la ciudad. El día antes de la Navidad de 1851, un parlamentario le llevó documentos que demostraban la inutilidad de su resistencia. El General De la Cruz había sido derrotado en Loncomilla y se había firmado el Tratado de Purapel. Tras sesenta días de sostenerse en la ciudad, Arteaga la entregó al adversario y se embarcó por segunda vez al destierro. Fue Arequipa ahora la que recibió al exiliado dado de baja en el Ejército. Se dedicó a actividades comerciales hasta su regreso a Chile, favorecido por las leyes de amnistía, pero sólo fue reincorporado, como Coronel, en 1862. Tres años más tarde se le nombró Comandante General de Ingenieros. En marzo de 1866, al mando de una División, se encargó de la defensa de Valparaíso, bombardeado por la Escuadra española. Su comportamiento le valió el ascenso a General de Brigada. En 1874 alcanzó la cúspide del escalafón militar, al obtener el grado de General de División. Su talento y preparación le permitieron escribir libros de carácter profesional, como el "Tratado sobre Manejo del Fusil a Fulminante", el "Tratado de Táctica de Artillería" y, en 1864, por encargo del Gobierno, un proyecto de Código Militar. Tradujo del francés el "Curso de Instrucción Especial de Artillería", de Lec Secq de Crepy, la "Guía del Instructor para la Enseñanza del Soldado en 30 días", de M. Armand Legros, y "Ejercicios de la Artillería de Campaña y Montaña". Cuando Chile declaró la guerra a Bolivia y al Perú, el General Arteaga era el jefe de mayor antigüedad en el Ejército. Era, también, el de más edad, pues contaba con 74 años. Sin embargo, su ánimo y energías no estaban menguados. Al ser nombrado General en Jefe contestó: "Puedo asegurar a V. S., señor Ministro, que el Jefe del Estado no podía haberme dispensado un honor más grato a mis sentimientos de chileno y de militar que el que he recibido con el nombramiento indicado. Gracias a él me será concedido en el último tercio de mi vida combatir una vez más por la dignidad y derechos de la República". Arteaga era de baja estatura; cuidadoso de su persona; un excelente hombre de hogar y profesaba a los suyos un gran cariño. Tenía suficiente preparación para mandar el Ejército. Era inteligente e instruido. Sin embargo, ha sido uno de los jefes que con menos razón han sido discutidos por la historiografía tradicional. Un hombre de su trayectoria y personalidad debía, necesariamente, entrar en conflicto con el elemento civil del Gobierno que, pese a estar guiado de loable afán patriótico, pretendió subordinar el mando militar a sus directrices y determinaciones. Está fuera de toda duda que nuestra oficialidad no estaba preparada para afrontar una conflagración internacional. Su experiencia se basaba en las campañas de la Araucanía que por mucho que pusieran a prueba el valer y conocimientos militares, distaban bastante de haber dado al Ejército la preparación necesaria para una guerra de masas, con grandes desplazamientos de hombres, equipos y vituallamientos. Menos, entonces, podían estarlo los civiles.Los políticos no eran indiferentes a la posibilidad que podía presentarse a un militar, prestigiado en la guerra, para suceder a don Aníbal Pinto en la Presidencia. Fue así que, desde el primer momento, el Gobierno hizo pesar su influencia sobre el General en Jefe, al imponerle las personas de José Francisco Vergara y de José Alfonso como Secretario y Auditor de Guerra, respectivamente. El Presidente tenía facultades para hacerlo, pero no tenía razones para no aceptar las sugerencias del General Arteaga sobre estos nombramientos, toda vez que lo natural era que ambos cargos fueran de su confianza. Ocurría, sencillamente, que el sistema imperante en la época no hacía fácil la necesaria y adecuada convivencia entre la política y la conducción militar de las operaciones, cada cual debe respetar el papel bien definido de su respectiva área de acción. Lo anterior provenía de la sumisión con que la Ordenanza subordinaba los mandos militares a los mandos políticos. Ello condujo a la creencia de los personeros de La Moneda que podían interferir en la conducción general de la guerra, aun en la elaboración de los planes y en la conducción de las operaciones. El General Arteaga, soldado digno, responsable y de buen criterio, no estaba de acuerdo -naturalmente- con doctrina semejante, que atentaba contra sus atribuciones de General en Jefe del Ejército y prefirió presentar su renuncia el 18 de julio de 1879. Se retiró a la vida privada y falleció el 9 de julio de 1882. En su obra sobre los Generales en Jefe y Jefes de Estado Mayor en la Guerra del Pacífico, el Capitán Rafael Poblete no olvida mencionar "la labor intensa que el General Arteaga desarrolló en bien de Ia preparación y organización militar de aquel Ejército bisoño, improvisado casi en las puertas del campo de batalla, sin más elementos que el patriotismo del chileno..." Expresa más adelante el autor: "Dentro del concepto del orden y disciplina que había engendrado el General Arteaga en la oficialidad y tropa de Antofagasta, éstas practicaban diariamente ejercicios militares que eran ejecutados aisladamente por las unidades, conforme a las prescripciones reglamentarias en práctica... Además, a fines de mayo el General en Jefe... disponía la práctica del orden disperso..." "Cuando las unidades tuvieron una preparación práctica más sólida, Arteaga hizo ejercicios combinados con todas ellas, conforme a los usos de la época, reuniendo a las tropas por armas, en líneas y haciéndolas evolucionar aisladamente". El Capitán Poblete sintetiza su opinión sobre el General Arteaga cuando expresa que estamos "en presencia de un General distinguido por su talento, por su honorabilidad y por la rectitud de su carácter; desgraciadamente no tuvo la gloria de conducir a nuestro Ejército en sus combates; pero dejó cimentados en él los factores que le hicieron invencible". |
Trinidad Alemparte Vial |
| Justo, casado con Elvira Rondanelli Arteaga sin hijos | |
| Domingo | |
| Benjamín, casado con Carlota Ureta Bascuñán | |
| Ernesto, casado con Leonor Arze y Manzano | |
| Enriqueta, casada con el Dr. Guillermo Middleton | |
| Margarita | |